Del concepto de anomia a la realidad “actual-virtual” – Osvaldo Umérez y Daniela Rivas
“Un ideal no es más elevado porque sea más trascendente sino porque nos proporciona más vastas perspectivas”
El modo de abordaje de las características del lazo social actual puede ser muy heterogéneo y lo interesante es que esto mismo nos introduce en múltiples dimensiones y problemáticas a la hora de vérnosla con el modo de relación de la posmodernidad.
Estamos inmersos en un mundo donde la lógica que sustenta esta enmarañada matriz social es completamente diferente de la vivida en otras épocas, las lógicas de otros tiempos han quedado subvertidas. Pérdida del valor de la palabra, reducción de lo simbólico a una mínima expresión empobrecida y repetitiva, puro discurrir de discursos vacíos, multiplicidad de estímulos diversos que “atacan” nuestros sentidos desde diferentes ángulos, temporalidad efímera, en definitiva, mundo de la imagen.
Es bajo esta lógica de lo imaginario, entonces, que el mundo actual ha subvertido aquello por lo cual y desde lo cual sostiene su existencia. Las imágenes se montan unas sobre otras perdiendo la idea de diacronía que introduce una concepción diferente del tiempo. Parecería que en este eje de lo sincrónico a mayor cantidad de estímulos, a mayor multiplicidad de imágenes, el sujeto tendería a estar mayormente conectado con el resto de sus congéneres. Estar en la “net”, “on line”, “mailearse” , “chatearse” y “faxearse” son algunos de los paradójicos modos en los que los sujetos parecerían estar sumamente conectados con los demás. Sin embargo, es lícito preguntarse, al menos, si, en este panorama múltiple y simultáneo no se pierde la idea de unidad, de grupo y si, quizás , este no es un modo de manifestación cuasi autístico de aquello que conocíamos como lazo social.
Entonces, retomando nuestra pregunta de origen, ¿ podríamos hablar de ausencia y ruptura del lazo social actual? ¿O, simplemente, se trata de una modalidad diferente del lazo, un modo de estructurar los mismos desde diferentes cimientos?
Lo paradójico de esta cuestión es que parecería ser un lazo que se define por la negativa. ¿ A qué nos referimos con esto? Pues bien, el exceso de contacto, las “cascadas” de estímulos, el “hablarlo todo”, el “todo es posible” son imperativos que conducen, en definitiva, a una imposibilidad de relacionarse con los otros. El “exceso de contacto” nos lleva a un no contacto; las “cascadas” de estímulos a un embadurnamiento en que nada es distinguible; el “hablarlo todo” a un silencio autístico y el “todo es posible” a la búsqueda infinita de la relación sexual que culmina en la imposibilidad de construir y sostener relaciones.
Las relaciones siguen la lógica de la imagen: son múltiples, efímeras, lábiles, simultáneas, mutables, homologables y comparables entre sí y con esa última instancia que parecería sostener que “Hay la relación sexual”. Bajo la lupa narcisista el corte es inexistente, el tiempo no se desplaza, todo pasa a ser, en definitiva, indistinguible: desde la vestimenta de hombres y mujeres y los repetitivos sonidos electrónicos hasta las relaciones entre padres e hijos en las que las funciones quedan desdibujadas y la familia ha pasado a quedar disgregada y encarnada por personajes heteróclitos y mutables.
Uno podría pensar, entonces, cuáles son las posibles lógicas en juego en un grupo social y qué sería , por ejemplo, sostener una sociedad cimentada desde lo simbólico y bajo esta lógica. En principio, podríamos decir que introduce una estructura que, a diferencia de la propuesta de base narcisista, nos confronta con la noción de falta y ubica un punto de clara imposibilidad allí para lo que la otra lógica parecería proponer una realidad absoluta. En este caso, se habla de la “No relación sexual” que actúa como puntapié inicial para habilitar las relaciones, circuito que parecería estar interrumpido en la actualidad por sustentar sus bases en lo imaginario.
Valiéndonos desde esta otra lógica ,otro interrogante que podría ponerse en juego es la noción del padre en la estructuración social actual. ¿ Cuál es el estatuto del padre en estos términos? ¿ Se trata del padre como metáfora o del padre como imagen? ¿ Qué implica, en todo caso, que el padre quede ubicado como imagen?
El padre no es una imagen, pero ubicado desde allí bajo los principios de la lógica narcisista, actúa produciendo los efectos antes descriptos. Un padre, en términos imaginarios, no actúa como una función ordenadora, más bien se ubicaría como el padre de la orda primitiva descripto por Freud quien intenta controlar al grupo a partir de leyes arbitrarias produciendo , entonces, su efecto inverso. La lógica de la imagen habilita a la superposición, con lo cual una idea y su opuesto pueden convivir como la cara y el reverso de una misma moneda; es más una idea y su negativo pasarían a ser exactamente lo mismo. En el campo de la imagen la disyunción no es excluyente, sino, más bien incluyente y es así que el ordenamiento se torna imposible dado que nada queda por fuera.
Desde Freud, es el padre, en tanto muerto, el que introduce un ordenamiento posible. Es el padre como metáfora, desde lo simbólico, el que introduce la idea de corte, de falta que ordena al resto de la estructura.
La propuesta es, entonces, tratar de establecer una cierta relación entre la caída de esta función del padre en tanto ordenadora con esta nueva modalidad de lazo social. Y, para eso, nos gustaría introducir ciertos conceptos desde el campo de la sociología que nos permitirán comprender dichas nociones más ampliamente.
Teniendo en cuenta el recorrido realizado por Émile Durkheim en su obra “La división del trabajo social”, podemos hacer hincapié en el estrecho lazo que establece entre las nociones de “división del trabajo” y “solidaridad social”, colocando a la primera como productora de la segunda en condiciones normales y dentro de la dirección natural del desarrollo.
Sin embargo, el autor menciona y desarrolla casos en los que esta relación se ve francamente desdibujada o directamente se quebranta.
Para dar cuenta de lo anteriormente expuesto es necesario realizar un paneo histórico y observar los efectos que la especialización de la industria tuvo sobre los lazos sociales en general, más allá de dicho ámbito.
En la Edad Media maestro y aprendiz formaban una dupla prácticamente indiferenciada y compartían igualdad de condiciones. Con el advenimiento de los gremios, maestros y oficiales comienzan a pertenecer a órdenes distintos y esta separación concentra las divergencias en el terreno de las condiciones laborales para unos y otros.
La gran industria agudiza aun más los conflictos transformándolos en dos razas enemigas. Es decir que se ha observado que, a mayor especialización del trabajo se produjo a lo largo de la historia un mayor distanciamiento social, generando una constante lucha de clases.
Por otra parte, el autor describe un efecto similar en la especialización de las ciencias a lo largo de la historia. Desde la época en que éstas comienzan a separarse, con el ajuste progresivo de los problemas a los cuales abocarse y la división de campos de estudio específicos, se produce una pérdida de la noción de marco común, organizador de estas verdades particulares. El científico, encerrado cada vez más en su especificidad, pierde la idea de generalidad, totalidad unificadora, tronco común al cual su propia labor contribuye, en última instancia. En este sentido, entonces, la división del trabajo ha conllevado a la dispersión y desintegración creciente del grupo social.
Lo paradójico resulta, entonces, de concebir que el mismo principio que produjo el desenvolvimiento y extensión de la sociedad en general; es decir, la división del trabajo, haya producido, a otro nivel, en estos dos ámbitos, una multiplicidad de agentes heterogéneos que parecen no pertenecer a una misma sociedad en tanto totalidad o conjunto unificado.
Comte ya ubicaba, como punto de unificación, al órgano del, Estado, en tanto lo consideraba un organismo social con una función especial que contenía y prevenía la fatal dispersión de ideas, sentimientos e intereses producto del desenvolvimiento humano mismo, más allá de la división del trabajo en sí.
Durkheim, en cambio, ubica al estado como una necesidad mecánica dentro de la lógica de la división del trabajo y no como un órgano que iría en contraposición de la misma. Es decir, ubica al Estado como un órgano más, sumido en sus relaciones con los demás y dependiendo unos de otros, de acuerdo a sus diferentes funciones. Lo que este autor coloca en el lugar de aquello que produciría la unidad dentro de las sociedades organizadas sería lo que llama “consensus espontáneo” de las partes integrantes, su solidaridad interna. A partir de esto es que el todo tiene conciencia de sí y puede reaccionar en conjunto, como tal.
A nivel de las ciencias, éstas no podrán hallar su unidad en las generalidades filosóficas dado que éstas sólo concentran las semejanzas de las ciencias y no sus diferencias. Como comenta el autor, entonces: “ Toda propuesta general deja escapar una parte de la materia que intenta dominar”. La filosofía actuaría, entonces, como conciencia colectiva de las ciencias y ésta disminuye a medida que la división del trabajo progresa. Entonces, la pérdida de conciencia colectiva es un fenómeno normal de la división del trabajo.
En toda sociedad, a su vez, existe una reglamentación en función de la cual se determinan las relaciones entre distintas funciones y dentro de la misma se ponen en juego diferentes momentos de lucha que conllevan a reequilibrios constantes dentro del sistema.
El modo de regular estas tiranteces y evitar su prolongación ad infinitum es a través del contrato que se genera como una especie de tregua. Este último hace que la solidaridad no sea meramente un hecho virtual. El mismo se basa en otras reglamentaciones de base que, en estado normal, se desprenden de la división del trabajo y son una prolongación de ésta.
El uso determina las reglas que se establecen y devienen finalmente obligatorias. Por consiguiente, el estado de dependencia existente entre los grupos sociales no es creado por las reglas, sino que éstas son un posible modo de expresarlo en una situación particular.
Teniendo en cuenta cuáles son las reglamentaciones en juego, podemos decir que existen casos en los que las relaciones entre los órganos no se hayan reglamentadas. Es aquí donde la división del trabajo no produce la solidaridad social y genera lo que se conoce como “estado de anomia”
Una condición que conduce a este estado es aquella en la que los órganos supuestamente solidarios no se hallan en contacto suficiente o que haya sido suficientemente prolongado.
Quizás podríamos pensar esta idea a partir de lo expuesto en relación al exceso de contacto en la actualidad que conduce, en definitiva, a un no contacto debido a su multiplicidad en el eje sincrónico y la imposibilidad de desplazamiento de estos contactos en la diacronía , por estar sumergidos en la lógica de la imagen y no de la palabra.
De esta manera, se pierde la posibilidad de percibir el estado de dependencia mutua entre las partes y la falta de continuidad en las relaciones conlleva a la necesidad de realizar, cada vez, nuevos tanteos. Esto podría dar cuenta del carácter efímero , fugaz y lábil de las relaciones dentro de la sociedad actual.
Si alguna regla llega a constituirse, entonces, es bajo un halo de imprecisión y vaguedad tal que sólo permite delimitar los marcos más generales de aquellos fenómenos que pueden darse como fijos para el grupo social.
Es interesante agregar que aun cuando la contigüidad de los órganos solidarios pueda parecer suficiente, existen situaciones en las que la reglamentación necesaria exige por parte de la estructura social transformaciones de las cuales ésta no es capaz por una imposibilidad estructural, un tope en el nivel de plasticidad social. Cuando una sociedad llega a su punto máximo incluso los cambios necesarios le resultan imposibles.
Para Durkheim, el segundo tipo mórbido lo constituye la división coactiva del trabajo. En relación a esto, el autor dice que para que la división del trabajo produzca la solidaridad social es preciso no sólo que cada quien tenga su tarea sino, a su vez, que esta tarea le convenga.
La coacción externa se da en aquellos casos en que se encuentra roto el acuerdo entre las aptitudes de los sujetos que conforman un grupo social y la distribución de actividades. En estos casos es sólo por la coacción externa y violenta que se mantienen ligados a sus funciones, con lo cual la solidaridad establecida entre los miembros dista de ser la esperada en un grupo social. Esta última se consigue a partir de las espontaneidades internas de la sociedad en su conjunto que conllevan a que aquellos más aptos para cumplir determinada función lo hagan en lugar de otros con otras aptitudes diferentes. El autor aclara que entiende por espontaneidad la ausencia de todo fuerza externa que obstaculice así como también de aquellas indirectas que atenten contra la libre expansión del desarrollo social que cada uno lleva en sí.
Como se puede observar, la solidaridad en el grupo social depende de que puedan articularse las diferencias, en el sentido de las distintas funciones y roles sociales que cada uno cumple. Actualmente, podríamos decir que estas diferencias que hacen al engranaje social se encuentran opacadas, desdibujadas y la multiplicidad y simultaneidad de roles conlleva a generar fricciones dentro del grupo y un profundo malestar social. Tenemos, entonces, en la actualidad, numerosos ejemplos en los que las fuerzas externas generan presión para lograr la supuesta cohesión de los grupos sociales, lo cual produce como consecuencia no sólo una solidaridad precaria, sino una aparente escalada simétrica que conduce a un mayor malestar y que genera al interior del grupo la imposibilidad de la lucha porque ni siquiera es admitido a combatir por el grupo externo que presiona desde afuera.
Es necesario para evitar toda coacción que los contratos se consientan libremente; es decir, que exista reciprocidad de valores a la hora del intercambio, lo cual conduce a un equilibrio en las voluntades que consagra el contrato. Pero , como el mismo autor indica, para que el consentimiento pueda actuar de esta manera y las voluntades tengan semejante peso, es necesario que exista un fundamento objetivo.; es decir, que los contratantes se encuentren en condiciones externas iguales.
Para que el contrato exista como tal lo anteriormente dicho no es suficiente. Es preciso que se cumplan , a su vez, ciertas ceremonias, que se pronuncien determinadas palabras, y la naturaleza de los compromisos se determina más que por la intención de las partes, por las fórmulas empleadas. A este tipo de contrato se lo conoce con el nombre de contrato consensual y, quizás, podríamos plantear que está puesto en jaque en la actualidad.
En relación a la lógica que sustenta las relaciones podríamos decir que, actualmente, la palabra ha perdido su valor social, ha perdido peso en el intercambio y que, por consiguiente, aquellos recursos simbólicos que connotan un compromiso han quedado relegados en función de una colección de pactos simultáneos, a corto plazo, que condicen con la temporalidad de la imagen y que van más allá del consentimiento de las partes, y se rigen bajo los principios de la buena forma.
Cabría preguntarnos, ahora, entonces : ¿ Se trata en la actualidad de una modalidad diferente de presentación del contrato social? ¿ Ha desaparecido el contrato social como tal? ¿ Qué hay del compromiso? ¿ Será la presentación actual reflejo de un nuevo modo de compromiso? ¿ Se trata de una redefinición de esta noción o de una extinción de la misma? ¿ Cuál sería el compromiso en juego en la actualidad, si es que se puede hablar de tal?
A partir de todo lo dicho anteriormente, el autor concluye que es falso concebir a la reglamentación como producto de la coacción y que, más bien, se trata de que la libertad misma es producto de la reglamentación. No se trataría, entonces, de que la libertad fuera antagónica a la acción social , como podría pensarse, sino que es, justamente, una resultante de ella. La libertad no es inherente al estado de naturaleza, sino que constituye una conquista de la sociedad sobre ésta. Durkheim agrega al respecto: “…La libertad es la subordinación de las fuerzas exteriores a las fuerzas sociales (…) no puede realizarse más que progresivamente, a medida que el hombre se eleva por encima de las cosas para dictarles la ley, para despojarlas de su carácter fortuito, absurdo, amoral, es decir, en la medida en que se convierte en un ser social…” .
Una última forma anormal de la división del trabajo sobre el grupo social es aquella en la que las funciones están distribuidas de manera tal que pierden sus fuerzas por falta de coordinación entre ellas, los movimientos, entonces, se ajustan mal entre sí, produciendo incoherencia y desorden. Este efecto anormal que sucede con cierta frecuencia nos hace pensar en sus consecuencias sobre la noción del tiempo dado que cuando las tareas no se encuentran divididas, es necesario interrumpirse sin cesar y se pasa, indiscriminadamente, de una actividad a otra. El eje normal de la división del trabajo es economizar todo ese tiempo perdido y poner en estrecho vínculo la actividad funcional con la habilidad y talento del trabajador, evitando perder tiempo en dudas y tanteos. Teniendo en cuenta la sociedad actual, podríamos pensar que exigiría cierta economización del tiempo como promueve la lógica de la división del trabajo. Sin embargo, la multiplicidad de roles y la superposición y simultaneidad de tareas conduce, en muchas ocasiones, a su efecto contrario poniendo en jaque principios utilitaristas que apuntarían a evitar cualquier pérdida de recursos e, inclusive, al reciclado del propio tiempo. El “todo es posible” dibuja en el horizonte un tiempo eterno que, entonces, como noción cae instalando una serie de repeticiones al infinito.
La división del trabajo , de acuerdo a este autor, en condiciones normales, produce que el sujeto adquiera conciencia de su estado de dependencia frente a la sociedad y se transforma así en fuente de solidaridad social. Esto la hace actuar como continente frente a lo que sucede con los lazos a medida que se avanza en la evolución dado que como comenta Durkheim: “… Los lazos que ligan al individuo a su familia, al suelo natal , a las tradiciones que le ha legado el pasado, a los usos colectivos del grupo, se aflojan (…) – el sujeto- abandona a los suyos para marcharse a otro sitio a vivir una vida más autónoma, se forma, además, él mismo sus ideas y sentimientos.” .
Para este autor, la división del trabajo hace de cada uno de nosotros seres incompletos en el sentido de que la especialización nos conduce a limitar nuestros propios horizontes y concentrarnos en la realización de una tarea determinada, “ … en lugar de hace de nuestro ser una especie de obra acabada…” . El mismo autor se pregunta: “¿ Por qué habría más dignidad en ser completo y mediocre, que en vivir una vida más especial, pero más intensa, sobre todo si nos es posible encontrar lo que con ello perdemos, mediante la asociación con otros seres que poseen lo que nos faltan y así nos completan?” Nosotros podríamos agregar, teniendo en cuenta la noción de falta como estructural, que no se trataría de encontrar aquello que perdimos como complemento en la asociación con otros, sino, más bien, que la posibilidad de ese lazo se teje y motoriza a partir de esta falta y que, en todo caso, conduce al sujeto a una búsqueda constante que lo lleva a toparse en el camino con diferentes “como si” .
Sobre el final de su trabajo el autor concluye con ciertas ideas que son aplicables al modo de acercarnos a la realidad actual y la lectura que podemos hacer del mismo. En el momento en que dirigimos nuestra pregunta en torno al lazo social, se ponían en juego dos opciones:¿ Ruptura del lazo social o transformación del mismo? ¿ De ser transformación, basada en qué cimientos?…
Consideramos, entonces, una transformación de los lazos sociales basada en los preceptos anteriormente citados a lo largo del trabajo que nos lleva a cambiar nuestro modo de abordar la problemática social , en base a una lógica diferente y teniendo en cuenta los efectos de la caída del padre en tanto instancia simbólica organizadora.
Durkheim propone , entonces, la siguiente manera para abordar el estado de anomia:
“ La nueva vida que se ha desenvuelto como de golpe no ha podido organizarse por completo, y, (…) no se ha organizado en forma que satisfaga nuestra sed de justicia (…) Siendo así, el remedio al mal no es buscar que resuciten tradiciones y prácticas que, no respondiendo ya a las condiciones presentes del estado social, no podrían vivir más que una vida artificial y aparente. Lo que se necesita es hacer que cese esa anomia, es encontrar los medios de hacer que concurran armónicamente esos órganos que todavía se dedican a movimientos discordantes, introducir en sus relaciones más justicia, atenuando cada vez más sus desigualdades externas que constituyen la fuente del mal…”
“… No sufrimos porque no sepamos sobre qué noción teórica apoyar la moral que hasta aquí practicábamos, sino porque, en algunas de sus partes, esta moral se halla irremediablemente quebrantada, y la que necesitamos está sólo en vías de formación… “
Las preguntas que podemos hacernos, a partir de esto, son, entonces: ¿ De qué modo “introducir más justicia en sus relaciones”?¿ Cuáles serán los modos actuales de introducir algo de esta legalidad que se encuentra en jaque? ¿ Cómo sostener un padre de palabra y no como imagen? ¿ Cómo elevar a otro estatuto una función caída? ¿ Se tratará de esto o, quizás, existe otra modalidad en juego? . Estos son sólo algunos de los interrogantes que nos conducen en esta investigación y sobre los cuales pretendemos “navegar” diferentes ejes teórico-prácticos.
